Los Colosos de Memnón

Los colosos de Memnón fueron creados durante el reinado de Amenhotep III (1386-1349 a. C.) y estas dos grandes moles pétreas son representaciones a gran escala de este monarca, cuyo reinado constituye un tiempo de esplendor y en que las artes alcanzaron un gran apogeo.

El rey se muestra en posición entronizada y con las manos reposando sobre las piernas, luciendo el tocado nemes, tan característico de la monarquía egipcia, y aún puede adivinarse la forma de la cobra protectora erguida sobre la frente.

Ambos colosos miden unos 14 metros de altura, y se calcula que cada uno pesa unas 700 toneladas. A estas dimensiones hay que sumar los pedestales sobre los que se alzan, que miden casi 4 metros de alto, con un peso aproximado de 600 toneladas. De modo que el conjunto de cada coloso sobre sus respectivas peanas alcanza una altura de 18 metros, siendo el coloso del norte ligeramente más grande. Si a ello añadimos la parte desaparecida de las cabezas y los tocados, que no se conservan de forma completa, posiblemente la altura total debía estar cerca de los 21 metros.

En origen estos dos colosos eran obras monolíticas; es decir, cada una de ellas estaba tallada en un bloque grandioso de arenisca silicificada, piedra que en egiptología comúnmente se designa como “cuarcita”. Aunque una inscripción jeroglífica en los colosos afirma que la roca procede de las canteras de El-Gabal el-Ahmar, cercana a Heliópolis, diversos análisis hacen pensar a algunos investigadores en otros orígenes, pudiendo tratarse quizá de cuarcita de Gebel Gulab o Gebel Tingar, en la orilla oeste del Nilo en la región de Asuán.

Aunque la imagen que destaca sobremanera en los Colosos de Memnón es la del faraón, lo cierto es que no fue mostrado en solitario. De dimensiones mucho más pequeñas, junto a sus piernas, aparecen figuras femeninas que representan a Mutemuia y a Tiye, la madre y la Gran Esposa Real del faraón; y, además, entre las piernas del monarca, muy deterioradas por el paso del tiempo (apenas pueden adivinarse los pies y algunos rasgos de su presencia), aparece la imagen de alguna hija del faraón. La imagen de estas damas, como formando parte del propio trono, evidencian que Amenhotep III las consideraba cruciales en lo que respecta a su propia autoridad, presentándolas no solo como una compañía con la que compartir el esplendor de estos colosos, sino que además se les asigna un papel relevante en la estabilidad del trono y, metafóricamente, por tanto, con el propio poder del monarca.

Los paneles laterales, a cada lado de cada coloso, conservan inscripciones entre las que destacan los jeroglíficos con el protocolo del faraón, repitiéndose sus cartuchos. Aunque lo que más llama la atención son los bajorrelieves que muestran al dios Hapy, emblema de la abundancia y de los dones del Nilo, anudando un signo sema-tawy, símbolo de la unión del Alto y Bajo Egipto. Se trata de una iconografía muy tradicional, especialmente recurrente en la representación de tronos de faraones, y que subraya la autoridad dual sobre los dos grandes territorios de Egipto.

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